GRATIA PLENACon apenas trece años viví el horror de la vida y la muerte en un ser humano, quizás el de mayor grado de inocencia en un ser humano. Percibir tal muestra de desinterés hacia una persona que está por nacer, me hizo saltarme una etapa de mi vida, ya que en mi mayor punto de rebeldía, al comenzar la adolescencia una experiencia como ésta, te puede marcar para toda la vida.
Mi amiga Elena siempre era muy elocuente, con una sonrisa inborrable, con una belleza austera, blanca como los cabellos de mi abuela, con ojos negros pequeños, como bellotas y con un cabello largo, envidiable por muchas, pero más aún de envidiar, su novio de Universidad. ¿Acaso no es un delito tener un noviazgo con una menor?. Que ingenua era en ese entonces, pero hasta ese momento me duró la inocencia. Pensaba que los noviazgos eran solo de besos y abrazos, de declaraciones de amor, de poemas, de lágrimas porque los padres no los dejan verse y de utopías y condenas, de fantasías, de ensueño. Aquella inocencia de que todas las personas son buenas, que la persona que más crees conocer, es la que es incapaz de hacer las cosas más terribles que jamás imaginaste. Aquella inocencia arrebatada de un tajo, cuando uno piensa que el amor es rosa y que durará para siempre, cuando estas seguro que la persona que más quiere jamás te hará daño, pero, ¿Que te arrebate la vida aún antes de nacer? ¿Mi mejor amiga? ¿Su hijo?. Bajo esta circunstancia, cualquiera de trece años pierde la inocencia enseguida. Elena me la robo.
Un jueves en clase de ética a las nueve de la mañana, entro Elena por la puerta, pálida, transparente, ausente. Le pregunté si se sentía mal y me respondió por inercia que iríamos a la piscina el sábado con todo el grupo de amigos, que no podía faltar, que pasarían por mí en el carro viejo de Aníbal. De hecho, siempre ibamos todos en el pickup viejo de Aníbal, en el vagón, expuestos al peligro, pero eramos jóvenes, uno en esa edad no mide el peligro. Elena no habló casi ese día, pero la ignoré, pensé que si quería hablar conmigo de algún problema lo haría si quería. Si es que su Papá le había pegado, me lo habría dicho riéndose y burlandose de él, pues ya tomaba muy olimpicamente sus golpes. El viernes faltó a clases, pero yo estaba muy ocupada con mi clase de Matemáticas y con la obseción de ser la mejor en clase. A veces hay cosas más importantes que el Amor, la Amistad o la Dignidad. ¿Qué podría ser más importante que eso?. Según Elena, lo que pensará la gente. Eso me lo demostraba día a día con sus actos. El sábado temprano sóno el claxon del pickup viejo de Aníbal y todos gritaban al unísono mi nombre. Me puse mi vestido de baño lo más rápido que pude, y subí de un salto al auto. Frente a mi estaba Elena, diferente, no era la misma y su novio le decía cosas al oido. Noté que cada vez que le habla ella arrugaba la frente y su cara se teñía de un tono preocupante. Sabía que algo pasaba: Elena no era tan amiga como esperaba, pues me hubiera contado sus penas, pero esta vez no lo hizo. Pasó una semana más y en el salón de clases Elena brillaba por su auscencia. Después de tantos días mi preocupación aumento y decidí pasar por su casa después de la escuela para llevarle las tareas. Su Mamá me recibió alegre y me comentó que Elena estaba en cama, que se había desmayado en días pasados y que no se había podido parar de la cama. Pasé a su recámara y note a Elena no acostada en la cama, sino inmersa en ella, auscente en una tristeza honda que me hizo humedecer mis ojos. Sentía luto, dolor y cuando ella me miró me dijo que el dolor de estomago era desgarrador. Le llevé agua como me pidió, también le deje copia de todas las tareas. Cuando llegué a mi casa, la sensación de tristeza fué tan grande, pero no por Elena, sabía que algo más pasaba. Lo raro era que su Mamá lo ignoraba por completo, estaba tan normal. De lo único que estaba segura en ese momento era de que la verdad siempre se sabe, tarde o temprano y que aunque no era mi problema, estaba convencida de que la verdad me llegaría. Desde entonces y a mis veinticinco años, he estado convencida de que todo lo que necesito saber se me revela y quizás fué en parte por este hecho que me convenció de tal mito. Pasaron los meses y una tarde en una reunión de amigos, Aníbal, el del pickup viejo, empezó a acariciarme el hombro y me repetía que yo era una gran amiga y que sería una gran mujer, una gran madre y una persona de éxito. Aníbal no era tan amigo mío, pero no entendía porque me decía eso y menos entendía sus lágrimas en los ojos. Me dijo que entre el grupo se rumoraba que yo era la persona que mejor consejos daba y la más madura, a pesar de que todos tenían más de dieciocho, y yo apenas trece. Nos apartamos del bullicio y empezo a llorar en mi hombro con quejidos desgarradores, diciéndome que desde hace un par de semanas no podía dormir, no tenía su consciencia tranquila, que iría al infierno. Yo pensé lo peor y hasta me aleje un poco físicamente de él. Yo no mencionaba palabra, no entendía que pasaba. Entonces Aníbal soltó todo como si estuviera frente a un padre dando su confesión: Hace unas semanas llevo a Elena y a su novio a una clínica en el centro de la Ciudad, le hicieron jurar que no dijera nada, pero viendo su estado, comprendí que debío ser algo muy grave. Sólo hablaba de los gritos de Elena, de sus lágrimas, de sus palabras: No ... me duele (Creo que más me dolío a mí). Me contó que empezó a patear la puerta, para intentar derrumbarla, Elena necesitaba ayuda, pero el novio de esta se le abalanzo y no dejo que entrara. Aníbal jadeando me relato minuto a minuto como fué. Cuando termino me miro a los ojos y me dijo que se iba para su casa, quería ver a su Madre y decirle cuánto la quería y que lo perdonara por los días de groserías, por los días que no le dió un beso.
Años después supe que Elena se caso con su novio y que ... perdió su hijo al nacer. No sé si era malo pensar que todo se paga en esta vida o si era justo pensar así, aborrecerla porque a tan temprana edad me quito mi inocencia, me sumió en el odio y me dejo marcada las noches con pesadillas.