...Hay cosas en la vida que uno no se espera y pasan de golpe ... La verdad, no quiero café hoy, y quizás no quiera dentro de un buen tiempo ... Hoy tomé café, pero en realidad no quería, no me gustó, sabía diferente ... :(
Wednesday, May 10, 2006
Tuesday, May 02, 2006
Pero Pablo era un hombre que sabía levantarse de la adversidad y triunfar, y esta vez no sería la excepción. Quizás se quedaría en aquel pueblo un par de semanas y después volvería a su cómoda y deseada oficina. Estaba equivocado. Al agarrar la perilla color bronce de la pesada puerta de hierro, supo que esa decisión no sería tomada por El. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y sintió miedo. Miedo de no poder volver, de no poderlo lograr, de irse de nuevo con las manos vacías. En momentos donde la incertidumbre se hacía presente, Pablo asió con más fuerza la perilla para tomar valor. Esos comportamientos eran cosas de hombre, según decía su Abuelo, tenía que actuar como macho, como un hombre que se enfrenta al peligro con la cabeza en alto. Por lo menos heredó algo bueno del abuelo, pensó. Su influencia en su vida fué tan fuerte, pero para mal y se entristeció de nuevo. Empujo con todas sus fuerzas la puerta de hierro, haciendo un ruido estrepitoso que le acelero aún más el corazón. Y hay estaba, la fuente de la eterna riqueza: un ángel de piedra con una espada y con las alas en alto, mirandolo, como si la batalla que tuviera con la serpiente, fuera con El. Se quedo mirando al ángel esperando que le atravesara de un tajo el corazón, pero volvió en sí. Las pesadillas de la fuente no eran más que delirios de niño, aunque la fuente conservaba el mismo tino de terror que tenía toda la vida. No podría ser diferente.
Don Nicolás era tan curioso de joven y con tanta fé, que ofreció ir a pie hasta el Monasterio del Conde Santo, pues estaba ensañado con los altares de las iglesias, pareciendoles tan misticos, investigando su construcción, su data y su historia, apuntandolos en un cuadernillo que llevaba en su mochila de hilo. En especial, le llamaba la atención el sarcófago de marmol que el Conde Osorio Gutierrez trajo de tierra santa según decían muchos.
Fué muchas las hazañas que realizo, todas increíbles según contaba, que parecieran estuvieran más pintadas de fantasía que de la propia realidad, pero nadie ponía en tela de juicio su palabra, pues desde la llegada de Don Nicolás al pueblo de San José, había logrado lo que no muchos forasteros ni mucho menos lugareños había logrado: el renacimiento de un pueblo manchado de la desolación de las guerras pasadas, la altivez de sus construcciones del siglo pasado y que poco a poco se las iba comiendo el tiempo, la belleza de sus mujeres, que más que relucientes, se les notaba el futuro incierto en sus expresiones, el arte, la cultura, y la literatura que trajo con su llegada.
Pablo debería estar orgulloso de escuchar todo eso de su bisabuelo, más, no lo estaba. Su abuelo había desecho todo lo que aquel construyo, toda la reputación, toda sus glorias, hasta dejar a su padre y a El mismo en la calle. Y lo peor de todo que no sólo eso, sino con su honra pisoteada. Por esta razón Pablo y su padre se habían ido del pueblo cuando tenía apenas 16 años, y todavía lo recordaba bien. Cómo no recordarlo, si estaba todavía tan marcado que el dolor sentía, le provocaba lástima por sí mismo. Una desgracia.
Fué muchas las hazañas que realizo, todas increíbles según contaba, que parecieran estuvieran más pintadas de fantasía que de la propia realidad, pero nadie ponía en tela de juicio su palabra, pues desde la llegada de Don Nicolás al pueblo de San José, había logrado lo que no muchos forasteros ni mucho menos lugareños había logrado: el renacimiento de un pueblo manchado de la desolación de las guerras pasadas, la altivez de sus construcciones del siglo pasado y que poco a poco se las iba comiendo el tiempo, la belleza de sus mujeres, que más que relucientes, se les notaba el futuro incierto en sus expresiones, el arte, la cultura, y la literatura que trajo con su llegada.
Pablo debería estar orgulloso de escuchar todo eso de su bisabuelo, más, no lo estaba. Su abuelo había desecho todo lo que aquel construyo, toda la reputación, toda sus glorias, hasta dejar a su padre y a El mismo en la calle. Y lo peor de todo que no sólo eso, sino con su honra pisoteada. Por esta razón Pablo y su padre se habían ido del pueblo cuando tenía apenas 16 años, y todavía lo recordaba bien. Cómo no recordarlo, si estaba todavía tan marcado que el dolor sentía, le provocaba lástima por sí mismo. Una desgracia.
Pablo sabía que su abuelo Jacinto había llegado muy pequeño al pueblo de San José, procedente de la provincia de Lugo, en Galicia, con su padre, Don Nicolás Aponte Castroverde. Un señor de renombre, de orgullo casi inquebrantable y con una sabiduría que asombraba al que se atrevía a sostener una conversación de política, ciencia o agricultura. Manejaba muy bien los temas de astrología y literatura como si fueran iguales. Los temas tan antagónicos que mencionaba, deslumbraban a cualquiera y los manejaba de tal forma que se podía decir que con ello se valía para ser quién era: Un Señor de la sociedad.
Don Nicolás mencionaba su niñez en Quiroga, donde desde muy pequeño se afano por la lectura y el estudio en un monasterio que lo acogieron como uno más y dónde El aprovecho hasta el mínimo instante para saciarse con el mas rico de los manjares: un buen libro. Su curiosidad lo hizo un experto en varios temas y gracias a sus lecturas diarias su léxico fué creciendo tanto, que lo trabajo para que cada frase se escuchara como una prosa. Estaba enamorado de las palabras, de la poesía, de la grandeza y también le gustaba disfrutar de la vida.
Don Nicolás mencionaba su niñez en Quiroga, donde desde muy pequeño se afano por la lectura y el estudio en un monasterio que lo acogieron como uno más y dónde El aprovecho hasta el mínimo instante para saciarse con el mas rico de los manjares: un buen libro. Su curiosidad lo hizo un experto en varios temas y gracias a sus lecturas diarias su léxico fué creciendo tanto, que lo trabajo para que cada frase se escuchara como una prosa. Estaba enamorado de las palabras, de la poesía, de la grandeza y también le gustaba disfrutar de la vida.
El silencio rondaba la casa de la noche del primero de agosto. Tan silenciosa estaba que cualquiera que entrara se aterraba de no escuchar siquiera el viento traspasar por las ventanas. El lugar oscuro y mal pintado, olía a humedad y lo confirmaban los muebles llenos de óxido, que más hacían en manchar los muebles, que servir de apoyo y descanso. Pablo camino lentamente, dejando atrás el portón de madera casi en pedazos, y en cada paso, miraba al suelo, como adivinando cuál mosaico no se rompería. Pensó que sería un desperdicio arreglar la casa, pues, sólo con verla por fuera, desanimaba al más alegre y le infundaba una tristeza en el alma que evocaba los tiempos aquellos donde creció Pablo y jugaba con sus primos en la terraza. Tal terraza ya no existía, quedaban unos pocos bloques en el patio, ya negros por la lluvia, que amenazaban con ser parte de la naturaleza. Sólo El sabía que se trataba de los restos de una banca de cemento donde recibió su primer beso. No había flores, ni pasto, sino una inútil capa de polvo que dejaba todo amarillo, y cuando llovía se volvía un barro dificil de quitar.
No estaba seguro si entrar y no sabía que sentimientos le evocaría, pero realmente, estaba seguro de que aquella pocilga, antes una gran mansión, sería lo único que le quebada de su abuelo Jacinto.
Ya para entonces Pablo tenía 30 años cumplidos, con una carrera de corredor de bolsa que poco encajaba con el pueblo aletargado y sin tecnología. Todavía no sabía como sobreviviría en aquel pueblo de muerte, donde el olor a aburrimiento era parte de la vida cotidiana. Pensaba que era un atraso dar un paso más, un atraso a su vida, a su rutinaria y productiva vida diaria; un atraso en su carrera, en su economía y en los futuros éxitos que deseaba y según El, tenía que alcanzar.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquel lugar no era lo que esperaba, tenía la esperanza de que por lo menos conservara las ventanas intactas, pero ni eso tenía.
Vaciló un momento y dió dos pasos hacia atrás, para admirar mejor la majestuosidad de la entrada, que alguna vez fué de color dorada. Ahora no tenía color, quizás era gris, quizás blanca. Pero lo que si notaba era la altura de la misma, marcada por el apellido que alguna vez fué de valor: APONTE.
Se dijo así mismo: APONTE, PABLO APONTE, Aquí yace tu castillo ...
No estaba seguro si entrar y no sabía que sentimientos le evocaría, pero realmente, estaba seguro de que aquella pocilga, antes una gran mansión, sería lo único que le quebada de su abuelo Jacinto.
Ya para entonces Pablo tenía 30 años cumplidos, con una carrera de corredor de bolsa que poco encajaba con el pueblo aletargado y sin tecnología. Todavía no sabía como sobreviviría en aquel pueblo de muerte, donde el olor a aburrimiento era parte de la vida cotidiana. Pensaba que era un atraso dar un paso más, un atraso a su vida, a su rutinaria y productiva vida diaria; un atraso en su carrera, en su economía y en los futuros éxitos que deseaba y según El, tenía que alcanzar.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquel lugar no era lo que esperaba, tenía la esperanza de que por lo menos conservara las ventanas intactas, pero ni eso tenía.
Vaciló un momento y dió dos pasos hacia atrás, para admirar mejor la majestuosidad de la entrada, que alguna vez fué de color dorada. Ahora no tenía color, quizás era gris, quizás blanca. Pero lo que si notaba era la altura de la misma, marcada por el apellido que alguna vez fué de valor: APONTE.
Se dijo así mismo: APONTE, PABLO APONTE, Aquí yace tu castillo ...
